«A menudo oigo la voz de mi intuición. Pero constantemente contradice a la voz de la razón. Así que cada vez me pongo del lado de la razón. Y la mayoría de las veces después me doy cuenta de que la intuición tenía razón. Pero sigo haciendo lo mismo. Ni siquiera puedo explicar por qué.»

En realidad, la explicación está a la vista. La intuición nos habla en el lenguaje de las sensaciones. Para oír su voz hay que estar relajado y atento; si no, solo logra atravesar las tensiones en los momentos más críticos, cuando la intuición literalmente grita. Y aun cuando la señal se escucha, todavía hay que traducirla al lenguaje de la lógica y los hechos que la mente entiende. Y después hay que creerle a la intuición, porque no ofrece pruebas ni argumentos.

La voz de la razón no necesita abrirse paso hasta la mente: desde el principio ya está ahí. No hay que escucharla con atención, no hay que traducirla. Y nunca le faltan argumentos. La mente humana es toda una maestra encontrando argumentos para lo que sea.

Lo principal: el lenguaje de la mente es el lenguaje de la experiencia. Saca conclusiones del pasado, de lo que conoce.

Los patrones del cuerpo se formaron a partir de esa misma experiencia, la experiencia de las situaciones que enfrentaste en el pasado. Así que el cuerpo siempre se pone del lado de la mente.

Y este apoyo de la experiencia grabada en el cuerpo suele decidir de antemano la disputa entre la mente y la intuición. Después, cuando la decisión ya está tomada, el resultado ya llegó y ya no se puede cambiar nada, en un ambiente tranquilo, es decir, cuando la tensión del cuerpo no se activa, la mente puede ver con toda sobriedad que la situación era distinta del pasado y que pedía otra respuesta. Pero esa claridad solo llega cuando ya pasó todo. Y mientras la decisión no está tomada, la importancia y la responsabilidad no te dejan relajarte. Así que el cuerpo manda señales de la tensión habitual, la que te ayuda a reaccionar no a lo que hay, sino a lo que había antes.

Puedo encontrar estas tensiones en el cuerpo con mis manos y aflojarlas poco a poco. Y esto devuelve la libertad de elegir. El pasado, a menudo negativo, deja de decidir por ti. Y la experiencia pasada misma deja de ser un estado que sigues reviviendo y se convierte en una lección aprendida, que puedes aplicar cuando viene al caso o ignorar cuando se trata de otra cosa.

«Siento que necesito crecer espiritualmente, que tengo capacidades»

Las capacidades que comúnmente se llaman paranormales siempre han desvelado a mucha gente. La mayoría ve la sola posibilidad de su existencia con escepticismo, incluso con prejuicio. El enfoque científico exige resultados medibles, experimentos repetibles y criterios objetivos. Por eso los reportes aislados de que alguien en algún lugar logró demostrar algo nunca me parecieron convincentes. Pero algunos de mis maestros hacían cosas asombrosas.

¿Puedo hacer todo lo que vi? No. Algunas capacidades hay que empezar a entrenar desde la infancia; después, la capacidad del cuerpo y de la mente para adaptarse cae mucho. Ya no te harás acróbata de circo ni bailarín de ballet si se te pasó el momento. Pero algunas cosas sí se pueden desarrollar aunque empieces de adulto. El detalle es que ese entrenamiento tiene que convertirse en todo tu estilo de vida. Media hora de práctica dos veces por semana, sin salirte del ritmo acelerado de una gran ciudad, no va a funcionar.

Yo elegí dedicar mi vida a la terapia. Esto exige desarrollar una sensibilidad a las señales más sutiles del cuerpo y la habilidad de actuar sobre él en un lenguaje que el cuerpo entiende. ¿Eso se puede llamar un superpoder? No lo sé. Pero algunos logros en mi campo sí tengo.

No hay ningún misticismo en esto: solo entrenamiento, y renunciar a lo que pueda estorbar ese entrenamiento.

En resumen: el cuerpo humano, según todo indica, realmente puede mucho más de lo que se suele creer. Y el hecho de que a algunas personas les salga en ciertas circunstancias y en otras no, no significa que las capacidades inusuales sean un invento. Significa que solo se manifiestan bajo condiciones específicas.

Esas condiciones son varias. Y, contra lo que comúnmente se cree, ninguna tiene que ver con la fe.

Pero sí tienen que ver con las tensiones musculares: las que apagan las señales sutiles, forman las reacciones emocionales habituales y distraen la atención. Y puedo encontrar esas tensiones con mis manos y soltarlas.

Si empiezas este trabajo de adulto, mover montañas con la mirada ya no va a pasar. Pero desarrollar la intuición, de modo que las respuestas surjan en tu cabeza como soluciones obvias respaldadas por certeza, es completamente posible. La intuición puede hablarte no en ráfagas aleatorias de información que llegan espontáneamente, cuando se alinean las circunstancias correctas, sino de manera estable y a voluntad. Haces una pregunta, y la respuesta llega. Al instante, o al día siguiente, pero llega. Y llega en una forma tan clara y evidente que es imposible confundirla con la imaginación o con el resultado de un análisis.

Con el tiempo compruebas que se puede confiar en la intuición, y solo eso ya le quita mucho peso a la vida. Pero lo principal es que da respuestas a preguntas que no se pueden responder de ninguna otra manera. Cualquier otra respuesta sería pura fantasía. Y entonces la vida no solo se vuelve más ligera. Adquiere un sentido completamente distinto.

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