No eres un cliente pasivo, sino un participante activo, con control total sobre cómo avanza el trabajo y su intensidad.
No nada más estás acostado sin hacer nada. Observas las sensaciones, la respiración, las emociones y los impulsos que surgen, y le cuentas al terapeuta lo que notas. El terapeuta explora capa por capa las zonas de tensión y ayuda al cuerpo a liberarse de los bloqueos y los patrones habituales. Es un trabajo suave con las manos sobre el cuerpo, guiado por un terapeuta que presta mucha atención.
El trabajo se realiza directamente con el cuerpo, por lo que la sesión es en ropa interior (como en una sesión de masaje). Sigues teniendo el control total sobre cómo avanza la terapia y la intensidad del trabajo.
En la mayoría de los casos, liberar la tensión produce sensaciones agradables, algo así como estirarse al despertar. Pero algunas zonas crónicamente tensas pueden ser sensibles o dolorosas, a veces por una inflamación localizada. El trabajo sobre estas zonas puede sentirse más intenso, especialmente en las primeras sesiones. A medida que avanza el trabajo, la sensibilidad suele disminuir junto con la tensión crónica.
La terapia no trabaja principalmente con la experiencia traumática, ni siquiera con la reacción emocional al trauma, sino con los patrones corporales que se formaron como resultado de lo vivido y que mantienen vivas las viejas reacciones. En muchos casos, este trabajo es posible sin necesidad de recordar o revivir esa experiencia.
Si no te resulta demasiado difícil hablar de lo vivido, comparte tu experiencia y tus sentimientos: el trabajo se vuelve más eficaz y los resultados llegan antes.
Cada quien reacciona a su manera, pero el trabajo no termina con la sesión. El cuerpo sigue reajustándose durante varios días, y esto puede percibirse de distintas formas: como ligereza, sueño profundo y un arranque de energía, o como cansancio, oleadas emocionales o sueños vívidos. Solo se te pide una cosa: observar, recordar y contarlo en la siguiente sesión; todo es material útil para el trabajo.
Normalmente comenzamos la terapia con cautela, para evitar reacciones demasiado intensas o desagradables, y con el tiempo ajustamos el proceso de la manera más cómoda posible, buscando el ritmo óptimo para equilibrar eficacia y comodidad. Por otro lado, una cautela excesiva alarga el proceso: los cambios llegan más gradualmente y son menos notorios.
Por eso la intensidad del proceso se ajusta de forma individual, como un equilibrio entre el deseo de obtener un resultado rápido y el nivel de comodidad que necesitas.
En el trabajo no importa la cantidad de emociones vividas ni la intensidad de las sensaciones. El objetivo son los cambios que ocurren a un ritmo que tu sistema nervioso es capaz de integrar y que te deja la mente tranquila.
En terapia puedes ajustar algo más que la intensidad. En cualquier momento puedes cambiar el tipo de contacto para hacer el proceso lo más cómodo posible. No es necesario seguir trabajando con una vivencia para la que aún no estás listo. Si algún contacto provoca incomodidad física o emocional, no tienes que soportarlo por el resultado ni tensarte aún más: siempre podemos cambiar la intensidad o la forma de trabajo, buscar otro enfoque para el mismo bloqueo o volver a él más adelante.
No hay tareas entre sesiones. Solo observar tus estados corporales y emocionales.
Este método no sustituye la atención psiquiátrica: está pensado para un trabajo consciente y deliberado sobre ti mismo, no para las crisis.
El método no es adecuado si la tensión o el dolor son provocados por enfermedades físicas.
El método tampoco es para ti si te incomoda que el terapeuta te toque.