Retrato del terapeuta
Con frecuencia me preguntan dónde estudié. Algunos de mis maestros sí otorgaban certificados y diplomas. Pero nunca busqué maestros con credenciales impresionantes. Buscaba a quienes sacaban adelante a sus clientes. La mayoría de esos maestros nunca daba certificados, y ninguno me cobró por enseñar. Cada vez tuve que recorrer un largo camino antes de dar con un verdadero maestro. Y luego convencer a esa persona de que me aceptara como alumno. Por eso no voy a enumerar dónde ni con quién estudié. Ven a una sesión diagnóstica y te mostraré lo que aprendí.
La gente venía a mí porque quería cambiar. Al inicio del camino intentaba ayudar como lo hacen muchos: a que miraran las cosas desde otro ángulo, a que tomaran conciencia, a que lo sintieran hasta el fondo y lo soltaran.
Pero siempre sentí que la transformación a la que aspiraban mis clientes podía ser más profunda. Así llegó el trabajo con el cuerpo a mi práctica. Al principio me acerqué al análisis bioenergético occidental clásico. Esto me dio precisión: la coraza muscular se palpa con los dedos, la respiración contenida se escucha, el patrón se ve en la postura de una persona, de pie y acostada. Las manos aprenden a leer el cuerpo como un libro.
Pero este enfoque tiene sus límites. Es preciso, pero le falta sutileza. Muchos procesos del cuerpo se le escapan. La respuesta la dieron la medicina oriental, la enseñanza china sobre el movimiento de la energía en el cuerpo y las técnicas yóguicas de trabajo con la energía. El panorama completo surge no solo de los patrones corporales, sino también de capas más profundas y subtiles.
La gente lleva mucho tiempo trabajando con el cuerpo y la mente, y ha aprendido muchísimo. Yo no sigo una sola tradición. Todas ellas, en el fondo, tratan de lo mismo, solo que usan términos distintos.
Mi camino no consiste en intentar inventar algo o ponerle un nombre nuevo, sino en comprobarlo en la práctica, año tras año. Quedarme con lo que funciona. Y desechar sin remordimiento lo que solo suena bonito.
Tuve muchos maestros, en distintos países; treinta años de práctica resultaron ser treinta años de aprendizaje.
No tengo un protocolo. Los protocolos se escriben para no tener que sentir al cliente, describen a una persona promedio, y a esa persona no la he conocido ni una vez en años de práctica. El trabajo se apoya en tres principios:
Cada técnica que uso debe pasar dos pruebas: tiene que poder explicarse y tiene que poder sentirse. Cuando en la tradición china se habla de un bloqueo energético, las manos sienten una zona densa y fría que no respira: nada de misticismo. Yo trabajo con lo que sienten las manos. Y al final manda lo que tú sientes.
Jamás me he arrepentido del camino elegido. Al principio veía a cada nuevo cliente como un reto. Con los años, cada vez me encuentro con menos situaciones que no he visto antes. Pero no dejo de asombrarme cuando el cuerpo, que llevaba años sosteniendo tensión, empieza a funcionar de manera más natural y la persona cambia: respira más profundo, se endereza, habla con otra voz. Y sobre todo, empieza a ver el mundo con otros ojos. Como un lugar más amable, más interesante y lleno de posibilidades. Y empieza, sin darse cuenta, a dar por hechas cosas que hasta hace poco cuestionaba. Son precisamente esos momentos los que me dan la energía y las ganas de seguir adelante.
No puedo cambiar el mundo que te rodea. Tampoco intentaré convertirte en otra persona. Eso solo lo puedes hacer tú. Puedo ayudarte a aflojar el condicionamiento de la experiencia pasada que te estorba.
No te pido que creas en nada que no puedas sentir por ti mismo. Por eso la mejor respuesta a la pregunta «¿y este quién es?» no es esta página, sino lo que sentirás y sabrás como resultado de la sesión diagnóstica.
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